Siempre estaré agradecida a Dios por la oportunidad de haber vivido una infancia tan hermosa, llena de sueños y esperanzas, con la oportunidad de disfrutar de un ambiente natural, de tener contacto con las cosas pequeñas y sencillas, que aunque las tenemos en nuestras casas, los niños de hoy carecen de ellas por ausencia de motivación. La lluvia fue muy importante en mi niñez. Aunque tenia mi espacio especial de juego en el jardín, los días de lluvia ofrecían la oportunidad de apoderarme de otros espacios de aquella grande y vieja casa de mi niñez. Una de mis actividades preferidas era arrancar hojas de mi cuaderno de matemáticas (la idea era que se terminara primero ese cuaderno) pues, no me gustaban las matemáticas y quería agotar el cuaderno como una excusa. Pero sus hojas se convertían en mi barquito travieso y aventurero que navegaba en el torrente de lluvia que la calle me brindaba desde mi ventana.
Tarde de lluvia y olor a humedad
me asustaban los truenos,
pero, más la soledad.
Abría la ventana y me sentaba en el borde
mientras mis manos doblaban el papel cuadriculado
y de ellas emanaban un barquito perfilado.
Era mío y yo su capitana
lo cargue de sueños y esperanzas
con mis pequeñas manos por la baranda de la ventana
lo solté en el torrente de agua de aquella mañana.
Lo vi alejarse calle abajo
mientras contenía la respiración rezando para que no volcara.
¿Cuántos barquitos de papel eche a la lluvía?
¿Cuántos sueños y esperanzas se fueron en ellos?
¿Quién encontró mis barcos?
¿Quién se quedó con mis sueños?

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